¿Se puede estar más triste? El perro no lo
creía así. Por alguna extraña razón sabía que todo en la vida era pasajero.
Había aprendido eso luego de miles de frustraciones y otras miles victorias.
Todo había pasado, las broncas, los enojos
con amigos, los éxitos laborales, también los fracasos, las vergüenzas en
público, las caídas, las palabras, las ideas, hasta el mismo Dios. Todo era
pasajero, estuvo vivo un día, y al tiempo murió. Pero lo realmente “vivo” fue
cuando de antemano estuvo muerto.
Era sencillo calcular la vida de esa forma,
era lo que al perro le gustaba escuchar salir de sus tripas. Era pura
intuición. Nada quimérico lo suyo.
El perro se aterraba por todo, por todo lo que
valía la pena. Las nimiedades le parecían divertidas y los sinsabores importantes.
¿Qué se podía esperar de un animal que tenía el don de ver el futuro por las
noches? Eso sí, ya de mañana, sólo pensaba en el pasado.-