La imagen en el espejo me llama de vez en cuando. Siempre que entro solo a la habitación me llama. Es una imagen que se parece mucho a mi. Soy yo, pero con algunos años de más. A veces con unos 10 años más, otras veces me reconozco muy viejo, demasiado anciano.
Veo el espejo desde el pasillo y noto que la imagen está distraída, en su mundo y, ni bien entro a la habitación, se apura por acomodarse recto, sin moverse del lugar ni emitir sonido alguno. Solo levanta su dedo índice y le da unos golpecitos al espejo por el otro lado, con la uña.
Una vez que capta mi atención me quedo absorto con la imagen. Hace años que veo ese espejo y ese yo del otro lado me vuelve a sorprender.
No se por que tengo la capacidad de ver esto. Sé que no es algo bueno porque cada vez que me veo al espejo me quedo paralizado del miedo. A veces el terror que siento me ha hecho llorar.
Sólo hasta que la imagen decide darse vuelta y desaparecer yo puedo moverme y recuperar el aliento mientras mi corazón se tranquiliza.
Nunca lo hablé con nadie. Supongo que al no ser normal, no me creerían. Además, parte de mi quería y necesitaba mirar el reflejo todos los días. La otra parte lo detestaba.
Un día, queriendo ser libre, decidí no mirarlo. Entré a la habitación como siempre, aunque mirando de reojo al espejo, mirando sin mirar. Del otro lado la imagen me llamaba como siempre para captar mi atención, pero yo me había propuesto no mirar, aunque me moría de ganas.
Los golpecitos de uña en el vidrio se tornaban cada vez más nerviosos. Él se daba cuenta de mi indiferencia. Yo seguía sin mirar, le daba la espalda mientras silbaba una canción tranquila. Estoy seguro que él no podía creer que yo actuara de esa manera.
Golpeó el vidrio por dentro con la mano izquierda una y dos veces. Con un miedo aterrador seguí ignorando la imagen, a él. A mi.
A partir de ese momento empezó a emitir un gemido bien agudo, como el gemido de un gato en celo. Sospecho que quería gritar y no sabía como hacerlo.Se estaba quejando y yo sentía que estaba furioso.
Volteé rápidamente y quedé frente al espejo, con la cara a 20 centímetros, apoyándome con mis brazos en una pequeña cómoda debajo, asustado, como pidiéndole perdón por hacerlo enojar. Me vi a mi mismo del otro lado con las manos sangrando, tratando de buscar, desesperada y frenéticamente, los bordes del espejo.
Era evidente que buscaba salir de allí. Estaba tratando de cruzar para mi lado. Seguía golpeando el vidrio, buscando, intentando gritar. El gemido era horrible.
No me paralicé como siempre me sucedía. Seguía parado frente al espejo pero podía moverme a voluntad. Comprendí que ya era tarde para admirarme en silencio como envejecía. Igual elegí quedarme. A este punto ya sólo quería descubrir como seguiría todo.
Algo había despertado al intentar rebelarme.
Mi imagen comenzó a golpear la cabeza contra el vidrio. El sonido que hacía era hueco, como dentro de un tanque de agua. Después de unos cuantos golpes, la cabeza cruzó para mi lado. Hice unos pasos atrás ante el estallido de cristales. La cabeza se asomó, llena de sangre al cortarse con las esquinas del espejo roto, y me miró. Seguía siendo yo, pero no más viejo, sino exactamente yo. Intentó decir algo pero no pudo y cayó. No alcanzó a cruzar todo el cuerpo.
Me empezó a dar un fuerte dolor de cabeza mientras veía el cuerpo de mi imagen, de mi reflejo, agonizando en frente mio.
A las cinco de la tarde, cuando mi esposa llega del trabajo, me encuentra en la habitación, tirado en el piso, boca abajo y sobre un gran charco de sangre.
Rompiendo un vidrio me corté las venas de los brazos primero, luego la yugular.-