Un mundo de juguete es posible. Ladrillitos de plástico, uno a uno, puestos para soportar, en su interior, la rudeza del exterior. Palacetes, casitas plebeyas y grandes castillos con lujosas habitaciones en las que, alguna vez, se pegó un moco en la pared.
El interior es simple, es real y verdadero, donde los problemas son problemas y las dichas nos alegran.
El exterior separa un mundo futurista, que apunta con un cañón cargado, los sueños y los escapes de adentro.