Escrito por Maximiliano Guevara
En la vereda, afuera, expulsado de todo lo que fue mio.
Baña la luz amarilla parte del pavimento, el resto lo gana la oscuridad, la casa, el frente, la calle de tierra que topa en lo de mis suegros.
Converso de a ratos con la brasa de mi cigarrillo, lejana cada vez más de mi boca. Entre lo que me queda está la vieja Estanciera, herida de muerte hace mucho, féretro impensable de mis recuerdos. Años atrás, en su interior, era el paraíso. Los niños y mi mujer, que espera, guardaba entre las estrías de su vientre lo que le restaba de juventud, lo que le quedaba de belleza.
Otra pitada y van mil en la puerta de la casona. La luz amarilla se torna mortecina, se va apagando en recuerdos, entre sangre y pólvora, con mucho gusto a tabaco.
Baña la luz amarilla parte del pavimento, el resto lo gana la oscuridad, la casa, el frente, la calle de tierra que topa en lo de mis suegros.
Converso de a ratos con la brasa de mi cigarrillo, lejana cada vez más de mi boca. Entre lo que me queda está la vieja Estanciera, herida de muerte hace mucho, féretro impensable de mis recuerdos. Años atrás, en su interior, era el paraíso. Los niños y mi mujer, que espera, guardaba entre las estrías de su vientre lo que le restaba de juventud, lo que le quedaba de belleza.
Otra pitada y van mil en la puerta de la casona. La luz amarilla se torna mortecina, se va apagando en recuerdos, entre sangre y pólvora, con mucho gusto a tabaco.