Hace mucho que esperamos este día. El día del reencuentro. Mi hijo vuelve de la guerra. Ésta guerra que se cobró decenas de miles de vidas de ambos lados, la más sangrienta en lo que va de éste Siglo.
Ambas partes dicen haber ganado. Después de un cordial abrazo, seguido por la Firma de la Paz, ambos Representantes de cada País declaran a sus propios medios de comunicación haber triunfado. En las calles hay fiestas continuadas.
Al fin terminó todo. Lamento profundamente la desazón de las familias que perdieron a alguien. A los padres, a los hijos, a los hermanos o a los amigos. Aquí pelearon y perdieron todos por igual. Hombres, mujeres y niños. De ambos lados. Todos con un arma. Todos con un mismo ideal.
Al parar el colectivo, el segundo en bajar, tras el descenso de un soldado flaco y con marcados signos de desnutrición, es mi hijo.
Se lo ve bien, algo débil, aunque sigue teniendo ese aspecto fuerte y rudo que lo caracteriza. Baja confiado y seguro, con la tranquilidad que tienen los que aprueban un examen o terminan un difícil trabajo.
Nos damos un fuerte aunque corto abrazo y, antes que pueda decirle algo, me cuenta apurado lo feliz que estaba de volver a su casa, a su Patria, aquella que supo defender con valor.
- Misión cumplida Papá. Sostuve el rifle como me enseñaste. Casi no me puse nervioso. Corríamos por todos los techos. Corríamos todo el día, pero maté varios de esos putos. Deberías ver lo mucho que he mejorado mi puntería.
- Estoy orgulloso hijo mío, realmente. Pero recuerda que...
- No llores Papá, no vale la pena desperdiciar lágrimas. Sé como piensas. Sé lo que me vas a decir. Volvería a pasar por lo mismo una y otra si nuestra Gran Nación fuera amenazada. No me importa una mierda quién comenzó todo. Me desangraría en cada centímetro de nuestras fronteras por expulsar al enemigo o a los traidores de acá dentro. Seguimos en guerra Papá, ya derrotamos a un enemigo. Ahora queda el más difícil.
- Eso lo sé hijo, queda el más difícil...
Tomó por sorpresa a todos los que estaban en el andén el seco y fuerte sonido de un disparo.
Seguí llorando como cuando vi el colectivo alejarse con todos los reclutas, hacía ya 16 meses. Seguí llorando, ésta vez, con el arma de mi hijo en mi mano.-
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