El escape no es posible. Una azafata nunca tiene un mal día.
Los aviones hacen fila para aterrizar, nadie quiere quedarse en el cielo más de lo debido. Nadie quiere volar tanto tiempo.
Bajo los pies, bajo tierra, crecen raíces de las que pocas se asoman y miran para arriba. Observan esa fila de aviones (son cientos, miles) que, al aterrizar, pisotearán las florecidas.
Era obvio, algún día el sol no se atrevería a salir nuevamente.
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